lunes, 19 de octubre de 2009

Efecto Succión

Me resulta gracioso como se horrorizan todos por las declaraciones de Diego Maradona y al mismo tiempo recorren el mundo a toda hora y en todo canal, sin tener en cuenta qué público está frente al televisor, radio o quién lee la transcripción.
A raíz de esto me surge una pregunta: ¿Por qué? Dejemos de lado a la vieja moralista. ¿Acaso nunca mandaron a nadie a chuparla? ¡Vamos! Sean sinceros y escarben un poquito en la memoria. Que no lo hayan hecho frente a una cámara y un micrófono no quiere decir que sean mejor hablados que Maradona.
No sean hipócritas gran parte de los periodistas deportivos viven de esto. ¿Cuántas preguntas se escuchan sobre fútbol en una conferencia de prensa? La mayoría, para dejar a alguien fuera de la bolsa, va buscando un título que venda, no explicaciones o argumentos sobre tácticas.
Esto no pasa desde que el ex 10 es el técnico de la selección, pasó siempre y seguirá pasando. Marcelo Bielsa no hablaba con la prensa si no era en una conferencia y gran parte de los periodistas que acudían, se retiraban cuando la charla se convertía en una clase de fútbol dictada por un maestro.
¿Porque los aburría? Quizás en algunos casos.
¿Porque no lo entendían? Es muy probable, son periodistas no jugadores.
¿Porque no vendía? Me parece que esta es la pregunta cuya respuesta cierra por todos lados.
La verdad es que Bielsa no vendía diarios.
¿Entonces los periodistas son los malos y Maradona es la víctima? No. Ni una cosa ni la otra. Si es verdad que Maradona vende diarios, lo hizo siempre y los periodistas lo saben. ¿Quién creó el monstruo si no ellos?
Pero también es verdad que la sociedad necesitaba leer las aventuras de ese héroe y de esta manera la criatura se fue gestando. Es decir el público exigía alimentarse de eso y el periodismo necesitaba vender. En el fondo todos sabemos la verdad, pero algunos prefieren pensar que Papá Noel existe, porque aquellos días eran felices.
Y ahora todos le pegan al ex jugador porque los insultó, las viejas participan de las encuestas y se horrorizan frente a cámara cuando les preguntan respondiendo “es un maleducado”, y después corren a la casa para poner el canal que emite su “palabra autorizada” y dicen “mirá viejo salí en la tele”.
Señora su hijo también mandó a unos cuantos a chuparla y lo educó usted.
Los periodistas critican la imagen que dejamos en el mundo, pero ellos la difunden y salen a hacer encuestas ridículas como:
-”¿Qué piensa señora de lo que dijo Maradona?”
-”¿Qué hacemos la seguimos chupando o no?”
Y después ponen en una placa el 90 por ciento de los encuestados en Corrientes y Callao piensan que...
El circo está lleno de artistas, cada uno ocupa su lugar y el espectáculo funciona por el conjunto de todos ellos. lk *

sábado, 17 de octubre de 2009

La Yapa

Sin saber por qué me encontré preguntándome que importancia tiene la verdad para cada uno de nosotros. No en temas muy trascendentes, sino en situaciones frecuentes en la vida cotidiana que podrían presentarse ante cualquiera.
Parece algo muy básico en la teoría, pero si observamos un poco la práctica resulta ser mucho más complicado de lo que imaginamos. Si esto no fuera así no veríamos tantas mentiras alrededor nuestro a diario.
Un ejemplo muy común se da con frecuencia en el kiosco: el kiosquero dice “¿no tenés 30 centavos así te redondeo el vuelto?” y la respuesta, luego de que su cliente simula buscar en los bolsillos es “no, ni una”, mientras piensa “ni en pedo te suelto una porque las necesito para el bondi, dame las tuyas”.
Otro podemos encontrarlo en la casa de una suegra. El novio de la nena endulza los oídos de su probable futura suegra con un: “riquísimos los fideos doña”. Mientras piensa: “vieja hija de puta, si tu hija cocina como vos no hay calentura que haga durar esta relación”.
Por supuesto que el kiosquero no es idiota y conoce el destino que tendrán las monedas de su cliente, pero probablemente prefiere escuchar eso antes que la dura verdad, porque asiente con una falsa sonrisa mientras saca de la registradora los 70 centavos.
Situación en la que presenciamos otra mentira, porque siempre los tuvo presos de su egoísmo y no los quería liberar, pese a que sabía que el flaco le estaba comprando los chicles porque necesitaba monedas para el colectivo.
Similar es el caso de la madre de la novia, quien tiene papilas gustativas y sabe que el pretendiente, pero si él dice la verdad no hay futuro para ese amor. Lo que me lleva a pensar que además de aceptar la mentira y continuarla, prefiere dejar a su hija en manos de un mentiroso antes que de un “tipo conflictivo”.
Entonces la mentira, esa aliada momentánea y enemiga íntima a futuro, empieza a introducirse en nuestras vidas cotidianas y avanza con sigilo hasta lugares y momentos insospechados en nuestra adolescencia, etapa en la que ir de frente se lleva como un estandarte y nos abrazamos a un ideal quizás más que nunca.
Me la banco y te lo digo en la cara: “Si no tenés 70 putos centavos cerrá el boliche loco. ¿Para qué carajo abriste?”
Es más chocante, pero también más sincero.
“Mire doña, estos fideos son horribles. ¿No le parece mejor si llamamos al delivery de la esquina y todos vivimos para contarlo?”.
Pese a lo tonto de estos ejemplos, creo que si nosotros aceptamos que la mentira empiece a formar parte de nuestras vidas va a ser cada vez más difícil ponerle freno y no va a tardar en llegar el momento en que se pierda por completo el ideal.
Cómo en matemáticas, apliquemos ahora la fórmula en otros ejercicios.
Es grave que un jefe diga que no hay persecuciones cuando los empleados las padecen a diario, y lo sería también que la dejemos pasar. Lo es que hable de valorar la diversidad de pensamientos cuando se sabe que quienes piensan molestan y lo sería también que compremos su discurso.
Es lamentable que alguien diga que una mentira no tuvo importancia y lo sería también que no nos interese si la tuvo o no.
Es patético que nos sumemos a un tren de mentiras o que callemos, porque callando dejamos que la mentira siga avanzando y nos convertimos en responsables de ese avance.
Nos pasamos demasiado tiempo quejándonos de que los políticos mienten, pero lo toleramos.
¿Por qué? ¿Será porque de a poco nos fuimos acostumbrando y llegó el momento en que se convirtió en algo normal? ¿Por qué no dejamos de tolerar la farsa y hacemos que cada uno pague las consecuencias de sus actos? ¿Será porque en el fondo nadie es diferente?
¿O somos todos creyentes y esperamos a que la justicia divina se ocupe de los hijos de puta? Porque sin verdad la justicia no existe.
Creo que es hora de que empecemos a distinguirnos por ser una sociedad más frontal y sincera. Quizás con pequeños aportes consigamos ir desprendiendo la mentira de la sociedad y como yapa algo cambie.
lk